La maté porque era mía (46) Espía Ruso.

Espía Ruso.

 

Mientras tanto Vlad, oculto tras un árbol , veía como los dos lugartenientes de So, subían la empinada cuesta que daba acceso al castillo del chino. Les seguía a cierta distancia.
Casi echando el bofe, llegaron a las compuertas del castillo. Una vez identificados por el guardián les dejaron pasar, no sin antes someterlos al tratamiento de desinfección y desparasitación de rigor.
Una especie de mano mecánica les cogió por la cabeza y los sumergió en un baño de sosa cáustica al 10 por ciento, mientras otro brazo en el que habían acoplado un cepillo de esparto les frotaba enérgicamente: ora las orejas, ora los cataplines.
Con sendas partes de su anatomía en carnes vivas , la aplicación de desinfectante no fue bien recibida por los esbirros, que en pelota picada lloraban como nenazas, según el guardián, quién afirmaba que él hacía el tratamiento una vez a la semana y no era para tanto. Claro, por algo le llamaban el Pepergamino, tenía la piel como un elefante.
Dentro del castillo el chino, advertido de la presencia de sus esbirros, preparaba una partida a su juego favorito: los chinos.
El muy canalla, nunca perdía. Si su petición no coincidía con los chinos que se sacaban, entonces se contaba él también como chino, y entonces le cuadraban las cuentas. Era muy tramposo.
En la primera mano, el primaveras del Flanagan quedó eliminado. Pidió “uno con los que saquen” y el mismo llevaba tres. Quedaron Chimichurri y So frente a frente. Ni que decir tiene que toda la servidumbre: el criado ruso, el chofer y hasta Maru Hita, le hacían la ola al chino, le animaban como si se tratara la final de la championlí .
Afloraron los puños por delante; pide Chimichurri:
-Cinco con las que saques. Y abrió las manos mostrando tres chinitos de metal, muy monos ellos.
Pide So Ka Brón, abriendo la mano y mostrando dos chinitos de metal:
-Seis con los tuyos…
El hijoputa se había contado como chino, una vez más.
Ante las quejas del chicano, el chino soltó una gutural carcajada y de un tajo con su maléfica uña del dedo meñique, le rebanó el pescuezo.
-Pala que no te atlevas a cestional mi victoria.
El salón se venía abajo por los aplausos y vítores de la servidumbre más lameculos que se haya visto jamás.
Chimichurri, estiró la pata a los cinco minutos, dejando en el suelo cinco kilos de morcilla de cebolla. Debería tener muy alto el colesterol.

Flanagan, encajó el golpe con preocupación, había empezado a cogerle cariño al chicano. Estaba seguro que él seguía vivo por la deuda de sangre que el chino tenía con él.
Si más ceremonias, el fiambre fue arrojado al foso del castillo para deleite del cocodrilo que reinaba en sus truculentas aguas.
Con las morcillas, la tailandesa Jam Ona , la oronda cocinera, se hizo un bocata que seguramente hubiera batido el record Guiness de los bocatas de morcilla. Para ayudarse se empujó medio barril de cereza negra, y de postre cincuenta flanes de huevo, que según ella, le salían muy ligeritos. Fue terminar con el carajillo, un barreño de café con un par de botellas de coñac (con sacarina, que no era cuestión de abusar de las calorías) y soltó un monumental eructo que desplumó de golpe los doscientos faisanes que tenía para preparar la comida para los demás. Así era la cocinera.

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La maté porque era mía (45) Espía Ruso.

Advertidos por el conductor, que no lo tenía muy claro, se sentaron el la parte de atrás del autobús. Inmediatamente se hizo un hueco alrededor, el personal, como habían asientos libres, se alejó de las proximidades. Escucharon en la radio, mientras dormitaban en sus asientos, la noticia de la detención de un jefe indio que en la selva amazónica había exterminado una rarísima especie de hormiga carnívora, utilizando gases venenosos.
Tras dos horas de viaje, en las que no paraban de echarse en cara el olvido del equipaje en la bodega del avión, llegaron al centro de la ciudad donde tenían alquilada una habitación en una pensión de mala muerte. Sólo habría que reseñar que había chinches procedentes de los Tercios de Flandes.
Después de tomar una ducha, y desinfectarse con zotal. Buscaron una cabina para ponerse en contacto con su jefe.
Mientras tanto, Maru Hita era agasajada como si se tratara de una marquesa. Una vez hubo aparcado la limusina en la puerta del palacete del chino So, el chofer ruso bajó del vehículo y se apresuró a abrirle la puerta. El bisagrazo, la genuflexión que le hizo a la dama fue tan pronunciada, que no vio como la rodilla del mayordomo hindú se estrellaba en su rostro, privándole así de consumar su rastrero acto de pelota consumado.
Así era el servicio, el personal que trabajaba para el chino no era trigo limpio, desde pelotas rastreros, asesinos traicioneros y ladrones consumados, había de todo, todos tenían antecedentes. Sólo Flanagan, a pesar de su simpleza, era más o menos trigo limpio, pues en el fondo no tenía mala condición.

Chimi y Flanagan, al fin contactaron vía telefónica con el secretario de So, quien les conminó a que acudieran cuanto antes al cuartel general. Como se habían gastado el poco dinero que llevaban en comprar el perfume para disimular el olor a mofeta, no tenían dinero para comer y mucho menos para alquilar un vehículo.

El hambre se apoderó de ellos hasta el punto de robarle el bocadillo a un niño que paseaba con su cuidadora. El muy canalla de Chimichurri, al pasar al lado de la criatura, se percató del bocata de salchichas que se estaba merendando el tierno infante, le tocó el culo a la nurse, y mientras esta protestaba, Flanagan, tal y como habían acordado, de un manotazo le arrebató el bocata al niño, no sin antes propinarle una colleja del siete que a todas luces sobraba, pero que el niño se la merecía por haberles hecho rabia.
Después de comerse a medias el bocata, bebieron agua de una fuente pública, y estudiaban la manera de desplazarse hasta el cuartel general de So, cuando oyeron el timbre de una bicicleta.
¡Sonido celestial! Pensaron al unísono.
Llegó una chica con una bicicleta con portaequipajes, y la dejó apoyada en una farola mientras acudía a un recado. Fue la última vez que la vio. Cuando salió se encontró que ya no estaba allí. Los muy sinvergüenzas de Chimi y Flagui se la habían robado.
Pedalearon a toda potencia, atravesando los puentes sobre los canales; llegaron a una extensión de tierra enorme. Y aunque el terreno presentaba pocas elevaciones, el cuartel general se encontraba en una elevación con unas pendientes qué, ríete del Tourmalet .
-Han caído en mi trampa- dijo la chica de la bicicleta.
Efectivamente, era una trampa, y aquella chica no era una chica, era el mismísimo Vlad disfrazado.
Estaba dispuesto a seguir a cierta distancia, a los dos esbirros de So. Había colocado un localizador vía satélite en la bicicleta que puso a “disposición” de los mafiosos.
Él les seguiría a distancia en una scooter. Tenía que investigar. Si él no tenía el sobre y el chino también lo buscaba, ¿Quién demonios tenía la formula?
Estaban jugando al ratón y al gato, y nadie adelantaba nada. Desde que Basilio encontrara el sobre vacío en el bolsillo de su chaqueta, no había sido capaz de encontrar, ni una pista. Por eso sospechaba del mafioso chino. “Y si en realidad tiene la fórmula y toda la parafernalia que ha montado es para despistar…..

Pero Vlad se equivocaba. A cientos kilómetros de allí, en Transilvania, un siniestro personaje se frotaba las manos. Tenía la fórmula. Su disfraz de vampiresa le había facilitado la aproximación a la banda de So, engatusó a Basilio en el puticlub que el moreno gustaba visitar, luego respaldada por Flanagan, que también quería mojar, entró a formar parte de la plantilla de mafiosos. El mismo Vlad cayó en sus redes cuando le invitó a pasar a la trastienda del bar de carretera.
Engañó a Basilio, cuando este encontró el sobre vacío. Mientras el negro fue a por las tenazas, ella, aprovechando su ausencia, extrajo la fórmula del sobre y coloco este en el bolsillo de Vlad, quien mareado no se había dado cuenta de la maniobra.

 

Espía Ruso.

Mientras quedaban por el camino algunos elementos valiosísimos en materia de delincuencia, gente que mataba sin pestañear, otros buscaban el sobre.
Aprovechando el quilombo, la siniestra Lady Arrea ayudada por su lugarteniente Dientéfano , había montado un laboratorio en su castillo, y se disponía a producir la jamonyorkina a gran escala.
Dientéfano, era natural de Transilvania, las gentes del lugar lo emparentaban de manera lejana con el siniestro empalador, el Conde Drácula. Su nombre en realidad era Genaro, pero al tener esos pronunciados dientes, le llamaban Dientéfano. Tenía unos colmillos que era muestra evidente de su genética. Además se moría por un blody mary bien cargadito, y si hablamos de la fritada de sangre con tomate, ya era demasiado. Por no mencionar su afición por las naranjas sanguíneas.

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La maté porque era mía (44) Espía ruso.

 

Espía Ruso.

Llegaron al aeropuerto. Dejaron el todoterreno en el parking y se dirigieron a la pista donde les esperaba el jet privado de So Ka Brón .
Este detalle no le pasó desapercibido a Flanagan, que a pesar de sus cortas luces pudo darse cuenta de qué, ese detalle, el jet privado, era para ganarse los favores de Maru Hita.
Mientras la chica era acomodada por la azafata de abordo en el salón vip, a los pringados de Flanagan y Chimichurri, los mandaron a la bodega, al lado de los animales exóticos que había comprado el chino (ilegalmente, claro), entre los que había una mofeta que se encargó de amenizarles el viaje.
Mientras, Maru Hita se deleitaba en el jacuzzi, pues al jet no le faltaba detalle: un martini en una mano y un cigarrillo turco en la otra, mientras oía blues en el impresionante equipo estéreo.
-Esto es vida- murmuraba mientras se miraba la punta de los pies que asomaban desde la superficie de la burbujeante agua, unos pies perfectos, con las uñas pintadas de rojo cereza, cosa que volvía loco a Flanagan.
Mientras tanto, en la bodega, sin calefacción y con el pestilente aroma que emanaba de la jaula de la mofeta, entre arcadas y tiritones, los dos “colegas” rezaban para que el viaje se les hiciera corto.
Después de varias horas de vuelo, el jet tomó tierra en el aeropuerto internacional Schiphol en Ámsterdam, lugar en donde tenía el cuartel general en Europa, el chino So.
Mientras bajaban del avión, un mozo, simulando hacer tareas de mantenimiento en el aparato, sacó una pequeña emisora de la caja de herramientas y conectó vía satélite con un misterioso personaje; ese personaje era Vlad, que estaba siendo informado por su contacto en el aeropuerto.

Un lugarteniente de So, les esperaba a pie de pista con una impresionante limusina.
Subió la chica a bordo y cuando iban a subir Flanagan y Chimichurri, el chófer les descargó un viaje de 50.000 voltios con una pistola eléctrica. Estos cayeron al suelo entre estertores, y el chófer, el ruso Kataplof, para más señas, arrojándoles a la cara un bonobús, les dijo:
– Tovarich, órdenes del jefe. Dice que no quiere que contaminéis el aire que respira la chica.
Dicho esto subió a bordo, y con mucha ceremonia (era muy pelota, el jodío ruso), le dijo a Maru:
-Sírvase lo que quiera milady, el mueble bar está bien surtido y el viaje es largo. Si lo desea puede regular la temperatura a voluntad y seleccionar entre un amplio catálogo, la música que quiera.
Mientras, en la parada del autobús, los dos compinches discutían con el conductor del autobús, ya que este no quería dejarles subir.
-Si suben ustedes con ese olor que llevan me van a espantar a todo el pasaje-Les decía.
Tuvieron que ir a una tienda duty free y compra varios litros de perfume para embadurnarse y disimular un poco el mal olor. Sólo así, les dejaron subir.

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La maté porque era mía (43) Espía Ruso.

Espía Ruso.

Una vez preparado su equipaje, donde no podía faltar su Magnun 44, y cómo no, sus camisetas don las siglas FBI serigrafiadas. Pues era una de sus frustraciones secretas; haber sido agente de la policía federal americana.
Debido a que, las pruebas para ingresar en el FBI, eran muy exigentes en lo físico e intelectual, y no daba la talla, se dejó llevar por los derroteros del “frikismo” , y no le quedó más remedio que emular a dictadores, reyezuelos , e incluso a héroes cinematográficos. Ese rol era gratis y además embelesaba a los incautos que, como él, lo único que habían leído era las etiquetas de las botellas de whisky y de los diversos licores del trópico.

Metió su mejor traje en la maleta, un terno gris marengo, bastante sucio por cierto, una corbata tan llena de lamparones que parecía de faralaes, unas botas de piel de serpiente y un bote de laca.
El mulato Manué, a petición de Flanagan le cogió del pescuezo para que desistiera del intento de llevarse a sus dos guardaespaldas junto a los jaguares. Tuvo que castigarle el hígado con un soberbio uppercut, para hacerle entrar en razón.
La maciza Maru Hita, pensaba para sí: “ ya sabía yo que este tontodelhaba, iba a causar problemas. Si el jefe me hubiera encomendado la misión, ya estaría resuelto el asunto, pues tengo todo lo necesario para triunfar”

Pues si que los tenía, a juzgar por las miradas lascivas que Flanagan le propinaba, cuando creía que ella estaba despistada, o cuando se empeñaba en “ayudarle” a subir al caballo o al todoterreno, poniendo sus manazas en el trasero de la chica.

Se disponían a subirse a los caballos, cuando una flecha se vino a clavar en el montura del caballo de Maru..
No les dio tiempo a más. Como aparecidos de la nada, se vieron rodeados por indígenas. Iban con taparrabos, con pinturas de guerra, con cara de pocos amigos les amenazaban con sus arcos. Fue el mulato Manué quién se percató de que algún miembro de la tribu llevaba un lanzagranadas, lo que les hubiera costado caro si se hubieran dado a la fuga.

-¡¡Quietos, no hagáis ningún movimiento en falso!! – gritó Manué

-Es cierto, llevan un lanzagranadas – apostilló Maru Hita.

-Son de la tribu de los “arapajoe”. Llevan unos días muy levantiscos, no paran de “joé” – dijo Chimichurri.

En efecto, eran indios de la peligrosa tribu de los arapajoé. Los incautos que caían en sus redadas, sólo “pa joé” , les hacían mil y una perrería:
“Ara pa joé, te vamos a meter cañas entre las uñas; ara pa joé te vamos a cortar la piel a tiras….
Y así, pero lo que más les gustaba era sodomizar a los prisioneros.

Llegaron al campamento, atados por el cuello, uno con el otro, en fila india. Les metieron en una choza, mientras, el jefe Tranca Feliz, disputaba con algún miembro díscolo el turno para empezar la ceremonia. Su hijo, Mojo Poco, se puso chulo y le quiso pisar el terreno al jefe, su padre, quien ni corto ni perezoso le hizo la raya en medio con el tomahawk. La cosa quedó zanjada.
Cogieron al voleo a Chimichurri, y lo presentaron ante el jefe.

Lejos estaba el chicano, de saber que ése y no otro era el agradecimiento que le había preparado el malvado So. Conocedor de lo inútil que era, el chino quería darle un escarmiento a toda costa, y contratar a Maru Hita, que estaba más buena y de la que estaba perdidamente enamorado. Toda la parafernalia, todo el montaje era para hacer una demostración de fuerza ante su amada. Era a ella y no a nadie más, a quien quería So que trajese Flanagan. Sabía que eliminando al chicano, eliminaba un rival en cuestiones amorosas, e inútil a esas alturas, cuando sabía que Maru Hita era una hembra de armas tomar.

-Nosotros somos una tribu magnánima, siempre le damos a elegir a los prisioneros; siempre damos dos opciones, puedes salvar la vida al menos con una de ellas: la muerte o “morongo”. Dijo el jefe, Tranca.

Chimichurri eligió, “morongo”, pues de momento no tenía ganas de morir.
Pobre hombre, le pusieron a cuatro patas y toda la tribu pasó por él, como en una especie de ritual:
– Morongo, morongo, morongo – Repetían sin cesar en una especie de éxtasis colectivo.
Cuando hubieron acabado, le dejaron marchar. Se alejó por la espesura del bosque con las lágrimas en los ojos. Pensaba para sus adentros: “ni una caricia, ni un besito siquiera, ¡hala! a las bravas”

El siguiente fue Manué. Le llevaron ante el jefe Tranca feliz, quien repitió el ritual:
-¿Muerte o Morongo?

Manué que era muy macho, y ya de pequeño quiso matar a su madre por intentar ponerle un supositorio, dijo:
-¡¡Elijo la muerte!!

Entonces, el gran jefe se pronunció:
– Muy bien. Pero arapajoé, ante de la muerte un poco de ¡¡morongo!!

Necesitaron media tribu para sujetarlo. Una vez pasado por las “armas”, le dieron matarile sin más trámites. Pobre Manué, dejó varias viudas y un centenar de chiquillos, los famosos “niños del maiz”, pues se tuvieron que dedicar a la recolección del la polifacética gramínea para poder subsistir. (Y no sé quien hizo una película de mucho miedo, con ese mismo título)

Mientras le daban lo suyo a Manué, Chimichurri no perdió el tiempo. Entre los muchos zulos que tenía en la selva, rescató unas granadas de mano y dos Kalashnikov y se dirigió al campamento indígena.
Ya tenían los indios a Flanagan a cuatro patas, cuando de un certero disparo le acertó en la cabeza al primer “castigador”, que se quedó con cara de haba, no sabía que ya estaba muerto. Flanagan, comprendió enseguida: se arrojó cuerpo a tierra a esperar acontecimientos.
Chimi, arrojó una granada de piña al grupo de guerreros que “arma” en ristre esperaban turno para aplicar el castigo. ¡Volaron en pedazos!
Luego, empuñando un fusil de asalto en cada mano, empezó a repartir plomo a diestra y siniestra, hasta que no quedó uno vivo, pero al jefe lo dejó con vida para dedicarle una atención especial.
Ató al jefe a un árbol, y se fue a liberar a la pobre Maru Hita que temblaba en la oscuridad de la choza, esperando su turno..
Luego, ayudado por Flanagan, ataron al jefe de la tribu, el único superviviente, y lo sentaron en un hormiguero de hormigas carnívoras, sin que pudiera moverse.
Emprendieron la huída, con los caballos, que habían rescatado, y ya se habían alejado unos kilómetros, cuando aún se oían los gritos de dolor del jefe Tranca Dorada, qué sentado en el hormiguero, estaba siendo devorado por dentro por las hormigas carnívoras.
De pronto, al jefe le vino una tremenda ventosidad, que al salir de su cautiverio fue a impactar contra las hormigas, causando una escabechina entre los molestos insectos. El plato de frijoles que se había desayunado, le había salvado la vida. Se desató, y mirando al horizonte, dijo:
-Si os creéis qué estáis a salvo, no me conocéis, arapajoé, me disfrazaré e iré tras vuestra pista, y no me detendré hasta daros caza.

Mientras, los tres fugitivos se dirigían a galope tendido hacia el rancho, para devolver los caballos y coger el todoterreno que les llevaría al aeropuerto.
La estrategia, el complot del chino So, con el jefe de la tribu había fracasado. Chimichurri seguía con vida, y lo que es peor, le tiraba los tejos a Maru Hita, ante el cabreo de Fanagan, que decía haberla visto primero.

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La maté porque era mía (42) Espía Ruso.

Espía Ruso.

Para ello había ido a buscar a su mano derecha para los casos de apuro, a la falsa monja Sor Zeneguer que en realidad era el mulato Manué. Manué era una mole de 150 Kg, en canal, sus bíceps eran como cocos, sus pectorales eran como los del mismísimo Conan el Bárbaro, sus piernas eran las columnas de Hércules.. Todo eso embutido en un disfraz de monja, con el que se granjeaba la confianza del personal antes de arrearle el mazazo con las enormes mazas que tenía por manos.

Reptando como culebras se acercaron al poste de las torturas donde estaba atado Flanagan, este, medio adormilado por el martirio, notó como se le aflojaban las ataduras.

Cuando se soltó, aprovechando el estado de trance en que habían caído las amazonas, se fue deslizando hacia la ladera de la montaña que había situada a sus espaldas, por donde habían subido sus libertadores.

-Vámonos rápidamente de aquí, antes de que se despierten del trance y del efecto de lo que han fumado.
Dijo Maru Hita.
Corrieron los tres, ladera abajo, como si les persiguiera el mismísimo cobrador del frac.

Cuando Flanagan recobró la lucidez, la poca que tenía, pudo comprobar que entre unas enormes rocas, había atados tres caballos y una mula. La chica, sabiendo lo abrupto del terreno, había alquilado los equinos en una hacienda próxima, para acercarse a los dominios de Chimichurri.
En la mula llevaban toda la impedimenta: tienda de campaña, machetes para abrir trochas entre la vegetación, agua, mantas, un botiquín, además de pico y pala por si cascaba alguno poder enterrarlo fuera del alcance de las alimañas.
Subieron por caminos imposibles, por donde los animales dudaban, y había que hacerles obedecer a base de fusta y espuelas.
Descrestaron en una especie de meseta en donde el camino era más amable en el firme pero mucho más espeso en vegetación.
Bajaron de los caballos y a golpe de machete se fueron abriendo camino entre la maleza. Llegaron a un claro desde donde se podía divisar el campamento de los rebeldes. Maru Hita le pasó los prismáticos a Flanagan para que se convenciera de que estaban a tiro de fusil.

La noche se les venía encima; decidieron dejar la aproximación para el amanecer, ya que no conocían el terreno y el canalla de Chimichurri seguramente tendría los alrededores sembrados de trampas.
Montaron las dos tiendas, una para la chica y otra para los dos hombres. Armaron el infiernillo en donde prepararon unos huevos y café, antes de irse a descansar.
Tras embadurnarse de loción antimosquitos, se metieron en sus respectivas tiendas.
Flanagan, de natural calentorro, no podía dejar de pensar que en la tienda de al lado estaba la escultural Maru Hita; podía verla al trasluz de la tienda, iluminada por la linterna de queroseno, podía distinguir la silueta de la mujer en todo su esplendor. No lo pudo resistir, se puso tontorrón.
Y si no es porque, la excitación le producía el efecto “arado”, al estar boca abajo, y que Sor Zeneguer se percató del asunto y lo atrapó por los pies, la cosa hubiera terminado en boda. El tío dejó un surco en el suelo de la tienda que parecía en gran cañón del Colorado.

El mulato necesito emplearse a fondo para contenerlo, y bajarle el calentón a base de mamporros.
-Tú , Flanagan, morirás por la bragueta, chico-le dijo.

Un sol espléndido vino a darles la bienvenida. Salieron de las tiendas desperezándose, sonriendo al nuevo día, menos Flanagan, que llevaba un ojo morado y cara de pocos amigos; le echaba a la falsa monja miradas asesinas.
Tras desmontar las tiendas y tomar un tentempié, prepararon los animales, los dejaron atados a buen recaudo, y empuñando las armas emprendieron el camino hacia la madriguera.

Apenas habían avanzado unos cientos de metros, el terreno cedió bajo sus pies, cayeron en una trampa, una de las más arteras y sanguinarias que se puedan imaginar. Era un receptáculo cuadrado de cuatro metros de profundidad, estaba cubierto de falsa maleza, la cual cedió bajo el peso de los intrusos. En el interior había un viejo sofá y frente a este un aparato de televisión emitiendo, capítulo tras capítulo de bricomanía entrelazados con documentales de la dos, en donde el que trataba sobre el escarabajo pelotero se repetía detrás de cada capítulo de bricomanía, en un bucle interminable.
Nunca la expresión “subirse por las paredes” fue más literal.
-¡Joder! cómo se las gasta este tío -dijo Maru.

Cuando Chimichurri, consideró que ya era suficiente martirio, ordenó a sus esbirros que rescatasen a los intrusos y lo trajesen a sus dominios.
Chimichurri además de un malvado era un hortera. Tenía su cabaña más cargada de adornos que el armario de Toro Sentado. Todo eras estatuas doradas, cómodas rococó, más arabescos que en las mil y una noches. Un hortera de tomo y lomo, pero lo que más llamaba la atención era su aspecto, en donde no cabían más tópicos del revolucionario de opereta. Boina del Ché, barba “fideliana” charreteras estilo Bokassa, fusil de asalto terciado en la espalda y uniforme de lancero bengalí, la célebre casaca roja y pantalón marino con raya a lo largo de la pernera. Lejos de confundirse con el terreno, se le veía desde la Patagonia. Además como sufría alopecia desde muy temprana edad, se peinaba estilo ensaimada, la cual cuando se le olvidaba la laca, sustancia que consumía en bidones de 200 litros, y se quitaba la boina, su pelo parecía una bandera al viento. Tenía además un tic nervioso que le hacía giñar un ojo, y que no pocos problemas le causaron en su pubertad, pues le guiñaba el ojo hasta a su abuela.
Se hacía acompañar de dos enormes negros, que llevaban atados con cadenas sendos jaguares hambrientos, en disposición de zamparse al que se atreviera a contradecir a su amo.

Una vez aclarados los motivos de la visita, les dijo a los visitantes que se explicaran.
-Vístete de persona, y acompáñanos Chimi, el jefe So te quiere en la central. Tiene un trabajito para ti, pero me ha dicho que nada de parafernalia, que dejes toda la tramoya para los tontosdelhaba que te siguen en estas montañas.-le dijo Flanagan.
-Y no pudo llamarme por teléfono. Como hace todo el mundo-dijo Chimichurri.
-No, la cosa está que arde. Ya hemos perdido al enano. La rubia y Basilio iban a ser su siguiente baza, pero como ya han fracasado una vez…
El teléfono debe estar pinchado porque Vlad parece que se adelanta a los acontecimientos, deben tener vigilados todos los medios de transmisión. Yo mismo para asegurarme de que no me seguían he hecho más kilómetros que el baúl de la Piquer. Tienes que conseguir la fórmula cueste lo que cueste. Además, dice el jefe So, que si triunfas te gratificará generosamente.

Chimichurri estaba lejos de adivinar qué tipo de “gratificación” le esperaba.

Continuará

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La maté porque era mía (41) Espía Ruso

Espía ruso.

Jimmy Kurry era un chicano que se había criado en Colombia. Sus paisanos, debido al típico dialecto inglés con giros en español, y viceversa, le llamaban Chimichurri, como a la famosa salsa..
Chimichurri, conocía a fondo al chino So, había trabajado para él en épocas pasadas.
Fuera de combate el enano Sal Ta Rin, el mafioso chino había encomendado a Flanagan que localizara al chicano. Le dijo que era su última baza para ajustarle las cuentas a Vlad , y conseguir la fórmula de una “puñetela” vez.

Para viajar a la selva colombiana, lugar en donde se ocultaba Chimichurri, Flanagan se equipó con la última moda en material de acampada y senderismo, era un friky de tomo y lomo.
Fue a la famosa tienda El Coronel Boniato, e hizo acopio de loción contra los mosquitos, linternas, mosquiteras, una brújula (que no sabía usar, pero que molaba mogollón), y cómo no, un chaleco multibolsillos, un salacot y una navaja suiza de esas que tiene mil quinientas utilidades. Pero se le olvidó lo fundamental: el machete cubano para hacerse camino entre la espesa vegetación.
El viaje en avión, en clase turista, le dejó entumecido, y lo que es peor el jet lag , le dejó más atontado si cabe.

En el aeropuerto El Dorado de Bogotá, le esperaba un contacto, la exuberante y curvilínea Maru Hita. La chica, que trabajaba como freelance para mafiosos, le cobró un pastón al chino So por ofrecerle sus servicios de guía al tonto del haba Flanagan. El espabilado de So, quería pagarle en carne, a lo que la chica se negó en redondo, diciéndole qué la tenía muy pequeña, y que era demasiado arroz para tan poco pollo.

Un monumental todo terreno, sería el vehículo elegido por Maru para acercar al americano a las montañas donde se ocultaba Chimichurri, el peligroso esbirro de So.
Partieron al amanecer con todo lo necesario, según él, hacia la cadena montañosa en donde se ocultaba Chimichurri. Los primeros kilómetros transcurrieron con tranquilidad, con conversaciones banales, intrascendentes, del tipo: “estudias o trabajas”, “hay que ver lo buenorra que estas”, ¿nunca te han puesto mirando para Bogotá? y cosas por el estilo.
La travesía, por carreteras de tierra, se complicó al cruzarse otro vehículo en su camino. Maru, tuvo el tiempo justo de dar un volantazo para esquivarlos, pero la brusca maniobra terminó por volcar el vehículo.

Salieron a cuatro patas por el portón trasero, y al levantar la cabeza vieron unas oscuras bocas de que les apuntaban, eran bocas de sendos Kalashnikov AK47 pero, había una circunstancia especial: estaban empuñados por dos mujeres descomunales, con apenas un taparrabos (aunque no sé si se podría describir para ellas esta minúscula prenda) y dos parches de piel de jaguar tapándole sus poderosos senos.
Eran mujeres de la tribu de las Xoxonas, tribu compuesta únicamente por mujeres, que al igual que las amazonas, sólo querían a los hombres para procrear. Elegían a los más dotados y musculosos, se lo cepillaban ( en el sentido gratificante de la palabra), y si el fruto de esa unión era una niña la criaban según sus principios y si eran niños, lo abandonaban en el bosque, y vete a saber tu que sería de ellos……….

Ataron a Flanagan a un poste ritual; a Maru Hita la dejaron marchar, no sin antes ofrecerle la ocasión de quedarse en la tribu si le apetecía, dado que daba la talla en todos los atributos exigidos. Pero la chica al darse cuenta de que la jefa de la tribu la miraba con ojos libidinosos, prefirió ahuecar el ala. Le prestaron ayuda para disponer el vehículo en posición y se marchó hacia la ciudad.

Ahora Flanagan estaba abandonado a su suerte, a merced de la voluntad de esas temibles y macizas guerreras. Siendo él un macho bien dotado, como había quedado patente, y más caliente que los palos de un churrero, la visión de esas guerreras semidesnudas pasando por su lado, le causaron una enorme erección, tan bestial que desgarró el pantalón. Ante semejante panorama, las guerreras en vez de admirar tamaña vitalidad, lo tomaron como una ofensa y decidieron martirizarlo.

Flanagan atado al poste, no daba crédito a lo que veía, a lo que se le venía encima. Delante de él, justo enfrente, estaban poniendo dos enormes altavoces, entre estos un viejo radiocasete alimentado por una batería de coche, y un cajón lleno de cintas de casete de Perales y Julio Iglesias.
Me temo lo peor, pensó. Y así fue, unas cuantas guerreras, las más macizas de la tribu completamente desnudas danzaban alrededor de él, contoneándose lascivamente, jaleadas por el resto de la tribu, en un baile ritual con posesión y estertores de reglamento. Jamás se había visto en la cordillera tamaña maldad, empezaron suavemente con temas de Julio Iglesias, continuaron con Perales pero, el súmmum de la maldad, fue cuando pincharon un casete de gasolinera de Dyango . Creyó volverse loco, se le bajó el ímpetu de golpe.
Mientras seguía el baile de las guerreras, pensaba en la forma que podría escapar de ese tormento y continuar con la búsqueda de Chimichurri.
No sé que es lo que fumarían o beberían las guerreras que estaban como en otro mundo, danzando como poseídas, por una especie de sueño.
En ese momento , cuando estaba vencido por el agotamiento, y lo daba todo por perdido, oyó a sus espaldas una llamada, apenas un susurro, era Maru Hita, que con refuerzos había acudido al rescate.
(continuará)

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La maté porque era mía (40) Viejecita.

viejecita

Bueno, pues, el cebo olía que alimentaba, entre el cabrales, y el cerdo agridulce…
Yo estaba con el oído atento, y, de pronto se oyó ” ¡ Zaca ! y un iiiiiiiiiiiii fuerte , y ruido como de golpes y de muebles arrastrados. Esperé a que hubiera silencio, y entré en el “laboratorio” a ver que había pasado. Me encontré todas las sillas por el suelo, un charco de sangre, y en medio, el cepo con los dientes en el cuello de la rata. Que ya no se movía.
¡ Y que rata ! Debía pesar más de 60 kilos, y tenía la piel como suelta. Y no tenía los ojos rojos, sino negros, y la cabeza amarilla y pelada, pero con una trenza que le salía por encima de los dientes del cepo…
Llamé a Basilio. Abrió unos ojos muy grandes, pero no dijo ni mú. Me ayudó a abrir el cepo, a quitarle la piel , a trocear la rata, quitando los huesos, a echar la carne al puchero grande, luego a quemar la piel , pulverizar los huesos en la trituradora , y mezclarlos con la ceniza, como me enseñó el capataz de la fábrica de piensos compuestos que viene cada día a recoger los restos que no sirvan para el puchero. Los dientes costaron un poco . Tuve que quitarles primero algunos empastes ( no sabía que las ratas fueran al dentista; cada día se aprende algo ).
Pero ya está.
El de los piensos se ha llevado el saco, Basilio ha dejado el suelo del laboratorio como un jaspe, y ya no queda nada en el puchero. El primer viejecito ha avisado a los demás, que hoy era día de carne , y han pasado todos, con los tapers, más grandes que encontraran, y no han dejado nada.
Yo quería haber probado el guiso, pero a la próxima.

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La maté porque era mía (39) Espía Ruso.

La Liao Parda, de padre chino y madre siciliana, era una licenciada en químicas venida a menos. Cuando el chino So Ka Bron la contrató para que atendiera su laboratorio clandestino, gozaba de los favores de Flanagan, quién influyó en el chino para que la contratase.
Liao tenía poca experiencia, además, siempre iba de mediano en las asignaturas, la carrera de cinco años la había terminado en quince, y no antes de haber colmado de placeres sexuales al profesorado en general y al catedrático de química en particular.
Pero tenía un par de buenas tetas, ¡qué cojones!, pensaba Flanagan.
Intentando hacer de oído la formula de la Jamonyorkina, desaprovechó tanto jamón de York que después de arruinar una industria jamonera, consiguió, por fin, una sustancia rojiza, pastosa, y la verdad, no olía mal.
Poco después se la presentó al chino, para que este le diese el visto bueno:
-Aquí tiene una muestla de la dloga mi señol..
El chino, valiéndose una vez más de su larga uña del meñique, tomó una pequeña porción de la rojiza sustancia, y se la llevó primero a la nariz, y una vez comprobado el olor, se la llevó a la boca:
– Uhmmm…¡¡¡ pol las balbas de Confucio!!!, esto…..esto… es ¡¡¡soblasada mallorquina!!!, estoy lodeado de una pandilla de inútiles.
Acto seguido, con un movimiento ágil y certero, le rebanó el pescuezo a la licenciada Liao. Su mortífera uña había actuado de nuevo.
Dicen las crónicas que en la tumba de la china, consta el siguiente epitafio:
“Aquí yace la licenciada en ciencias químicas, La Liao Parda, precisamente por haberla liado parda”
En letras de mármol, naturalmente.
Este fue el momento en que el mafioso chino puso en marcha todo su dispositivo para hacer el mal, movilizó a todos sus peones, empezando por la rubia maciza y el negro Basilio

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La maté porque era mía (38) Viejecita.

Vengo de “El Paraíso del Cazador Furtivo”, y me he traído un cepo/ trampa para alimañas. Me han asegurado que sirve incluso para osos, y me han explicado como dejarlo preparado, y qué cebo poner… Esa es mi duda, el cebo. Porque no sé si poner cerdo agridulce, queso de Cabrales… A lo mejor pongo un poco de todo, que la ventaja del queso es que huele desde bien lejos, y atraerá a la rata, pero en cambio, lo que sobre del agridulce, que no se haya llegado a comer, lo añado al puchero, y ya está.
En cuanto oiga el “Clac” del cepo, he quedado en avisar a Basilio para que me ayude con el desmontado de la trampa, y con el despiece de la rata.

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La maté porque era mía 37 (Viejecita)

 

He ido a recoger a Basilio al Psiquiátrico Arcadia. Esta vez, el Doctor Sugrañes se ha portado. Me lo ha dejado al pobre hecho una malva, tuve que autorizar electroshoks, y comas de insulina, pero aparte de los dientes, que se le han quedado hechos un desastre, está muy bien. Me lo he traído a casa, y se ha tomado una sopera entera de porrusalda (hecha con puerros traídos especialmente de La Brecha por mi amiga felina ).
Pero el hombre no para de hablar de una rata gigante, y le he tenido que prometer que entre los dos la vamos a cazar, a despiezarla entera, y echar luego los trozos al pote donde se ponen todos los restos, para el guiso permanente que vienen a comprarnos los viejecitos jubilados del barrio, según ellos para sus perros y sus gatos…
Ya tenemos el plan de caza preparado. No veo el momento de ponerlo en marcha…

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